
La noticia es: “Detenido en Australia un sacerdote
acusado de 22 abusos sexuales a menores” . Por lo visto, un sacerdote
católico de 63 años está acusado de 22 delitos de abuso sexual a menores desde
1970 hasta ahora.
Aun siendo dolorosa, esta noticia puntual no es lo que quería comentar.
Solamente en Australia, 107 sacerdotes han sido condenados por este mismo
motivo en los últimos años y, si a esto sumamos los casos de EEUU y de otros
países, la cifra se convierte en escandalosa.
Cuando se dan este tipo de frecuencias estadísticas, ya no es posible
mirar hacia otro lado y ampararse en conductas individuales (el tipico
argumento de que siempre hay una “oveja negra”) para explicar el fenómeno. Para
mi, está claro que hay algo en la condicion sacerdotal que, si no provoca, si
que cataliza este tipo de conductas. Para mí, está claro que ese “algo” hay que
buscarlo en el celibato y la castidad obligatorios.
La pulsión sexual es innata al ser humano y la represión de esta
pulsión tiene, necesariamente, que provocar algún tipo de desequilibrio tanto
psíquico como físico. No justifico, de ningún modo, las acciones de
estos curas en base a una enfermedad. El ser humano tiene que ser capaz de
soportar estos desequilibrios lo mismo que soporta el hambre (hasta cierto
punto) y no va por ahí, normalmente, comiendo a sus semejantes y soporta su
necesidad (hasta cierto punto) no yendo por ahí defecando en cualquier esquina.
Lo que si digo es que, si eliminaramos este desequilibrio, conseguiriamos
reducir drásticamente este fenómeno. O dicho en términos religiosos: “Eliminemos
la tentación para reducir el riesgo de pecar”.
Además, por mucho que me lo expliquen, no tengo ni pajolera idea de que
tiene que ver el “enseñar la palabra de Dios” con no casarse o no mantener
relaciones sexuales sanas.
Otro aspecto del tema es el ocultismo que tiene la jerarquía de la
Iglésia Católica sobre este tema. Hay una frase que me parece que describe muy
bien esta actitud y es “tiene rabo de paja”. Pero este tema lo
dejaremos para otro día.
Un abrazo casto,
Esteban